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En las redes de una Diosa

Por: Luis Mac Gregor Arroyo 18 Ago 2020
Cuando me di cuenta que estaba bajo la sombra de un arbusto y un árbol que dejaban pasar unos rayos solares diminutos, me había encorvado en mi lucha, hasta casi llegar a mi cintura.
En las redes de una Diosa

Iniciaba la tarde. Estaba medio aburrido. Veía unos documentos y buscaba información en internet, cuando decidí ir al chat de Con ímpetu. Donde todos tienen una foto de su rostro, para platicar con alguien. Puse mi correo electrónico secreto, la contrase?a y entré.

No había muchas personas en el cuarto principal y los especializados no eran de mi interés. Los nombres que llamaron mí atención fueron Diosa, Negra y de rombos, y Nadia.

–Hola, qué bonita tarde –escribí para ver si llamaba la atención de alguien.

Pasado un minuto, Diosa respondió –Sí, ?verdad? Ya casi inicia la noche.

Respondí en breve –Sí, se ve que será más fresca de lo usual, para mi gusto.

–Si la noche será fresca, ?por qué no empezar ya?

–Me quedé asombrado, no demasiado, y respondí –?Plática u otra cosa…?

–Plática, por supuesto

–?Sureste de la ciudad?

–No, noroeste.

–?Has ido al Langosto?

–No se llama así, es lo de menos, nos vemos en el Tinta roja que está a dos cuadras de ahí, en la calle Marmol Mate, a las siete.

–Okey.

–Bueno, bye.

Le respondí un par de veces más y pese a seguir en el cuarto de plática no contestó. Alguien, quien se consideraba especial, suponía. En su foto se veía extraordinariamente derecha y de porte muy cotizado.

Llegué al Tinta roja y no la vi en el interior del bar. Tenía la apariencia de un barco pirata con la luz roja. Esperé afuera unos momentos. Un poco pasado de las siete entré al local mirando a mi izquierda y luego a la derecha. Antes de dar un paso atrás para salir, como de la nada, la vi del lado izquierdo. Caminé rápido hacia ella. Ella sonrió ecuánime y ligeramente burlona. Sentí un hormigueo frío en la espalda. Se veía que no era para poco experimentados. Me senté.

 

–?Pulpo negro o vino? –Me dijo con una sonrisa.

No sabía si era de gozo o por ser solamente así. Era de gustos heterodoxos y si no se le daba lugar, simplemente se ausentaba; no se fue.

Apareció la mesera con una sonrisa ligera, más serena que la de Diosa.

–Vino tinto, por favor.

Se retiró sin decir palabra.

Disimulé mi decepción por su ligereza, no sabiendo si expresar algo, o voltear al frente y ver a Diosa, cuyo porte era perfecto; pero hice por no enterarme.

–?Quieres queso roquefort?

–?Sí! Asentí sin pensar más que agradar para estar a la altura, y me comí un par de pedazos.

–Sonrió, más amigable –Tiene cerdo– Dijo casi tímida.

Al yo asentir, sin comprender el por qué, sonrió más.

–Quisiera decirte que trabajo vendiendo plantas.

Ella siguió sonriendo.

–Me gusta el cine

Volví a verla y sonreía; pero no respondió.

–Mi película favorita es Drácula de Coppola.

 

Su sonrisa se incrementó de tal forma que no sabía si se burlaba de mí o podía abrazarla. Intenté rodearla con mis brazos, estando ella al otro lado de la mesa, sin éxito. Cuando volví a retraerme, ella subió, ni muy lento ni demasiado rápido, su cuerpo, levantando y bajando sus hombros coqueta e inclinándose ligeramente hacia adelante. Seguía sonriendo y abrió apenas su boca.

 

–?Champagne?

Yo sabía que se estaba divirtiendo con la situación; pero tan reservada y a la vez honesta, que no sabía cómo proceder.

–No sé.

Ella sonrió más.

–?Vamos afuera?

 

Con su comentario, se me fue el piso. No sabía si deseaba ir a otro lado o simplemente era un hasta ahí. Después de hablar tanto yo, me sentí fuera de lugar y ligeramente solo.

–?Bien!

Pagué tras beber el vino servido y ella su último trago de Pulpo negro.

Al salir, caminó con porte distinguido que movía sus hombros de manera provocadora y pretendía disimular la sexualidad de su trasero, resaltado con la firmeza y finura de sus pasos, que en ese momento me pareció un apetecible bocado de carne.

Al salir, ella se detuvo ligera, erguida, y me le acerqué más de lo que marcaba la decencia. Se dio la vuelta y su rostro quedó un poco más cerca del mío, de lo considerado usual. Podía percibirle su respiración y como sacaba su aliento provocador.

–?El puché!

–Estuvimos en el cuarto veinte minutos: fue corto, fatal y preciso. Al salir yo ya era parte de ella.

Al principio no lo noté; pero los días eran diferentes. Se sentían fríos y algo so?adores, somnolientos, como con una ligera sensación de alcohol en mi sangre. Mí ánimo menguó: era menos férreo, con la ligereza de estar, de manera sutil, en una bohemia francesa.

Los días que siguieron me interné en su ambiente. Era culto, educado, alzado. No bastaba tener un conocimiento medio. Alguien con mi medianía sólo podía ser tratado con respeto disimulado, mientras los cercanos de Diosa mostraban, de soslayo, miradas que brillaban, como las de quienes de tanto estar en cierta cúspide del estatus, no pueden evitar mostrar una creencia oculta de superioridad.

La vi seguido. No podía creer estar a su lado. Era una dama. Una mujer auténtica de la alta sociedad. Una Diosa. Tenía más conocimiento que yo. Cuando decía algo, con sólo tres palabras, ella mostraba una diferencia abismal de capacidad entre los dos. Mi imaginación a rastras podía alcanzarla. Ella solía sonreír y subir su rostro altiva, sacando un aíre ligero por entre sus labios abiertos de manera sutil, apenas mostrando sus dientes. Me hacía entender que era su querido y ella una adonis a tono con sus reuniones.

El amor lo hacíamos una vez por semana. El resto del tiempo me imaginaba su porte, y su conocimiento deslumbrante y envolvente. Había veces que no la podía encontrar. Ella parecía disfrutar de la pesadumbre en mí. Al escucharle y verla aspirar menguaba mi dolor. Nunca obvió percatarse de la situación; pero se le veía con más vida. Su cuerpo, cachetes y labios tenían más vigor. A poco más de dos semanas, era evidente su vitalidad mientras la fuerza se me iba.

Un día nos quedamos de ver enfrente del Teatro acre. Me acercaba al inmueble y no la veía. Había una mujer esperando a alguien, al igual que un hombre a unos siete pasos. A la izquierda estaba otro varón, que con su cuerpo parecía cubrir la figura de una dama, a quien parecía tocar por la cintura, pero no se distinguía bien. Al estar más cerca noté que la mujer era Diosa. Me vio, sonrió y volteó su rostro de nuevo hacia el hombre, para decirle algo. él volteó, me miró, y al estar junto a ellos me tendió la mano. Según supe después, era el representante de la agencia de moda de Diosa.

–Buenas tardes. –Le dije. Verdaderamente estaba bastante sospechoso ?Realmente la habría sujetado de la cintura?

Como si ella leyera mi pensamiento, su sonrisa menguó un poco. Eso me hizo dudar. En su rostro se mostraba la preocupación de quien no desea inquietar.

–Buenas tardes se?or Alguín. Me presento. Soy Mosieur Rabi?oun, el agente de Madame D. –Respondió con acento francés.

–Mucho gusto –Respondí conteniendo mi ira. Apenas disimulándola.

Diosa intervino –?Rabi! Entonces ma?ana te veo.

–Muy bien. –Volteó hacia mí –Mucho gusto se?or Alguín, un gusto conocerlo –Tomó mi mano derecha entre las suyas y se despidió.

El disgusto pasó y mi humor se tornó templado.

–?Y bien? –Dijo Diosa

–?Nada! –Intenté inmutarme, como a ella le gustaba; pero esta vez me costó trabajo.

–?Bien! –Sonrió alegre y me dio un beso que apenas rozó mis labios. Después entramos al teatro donde se vio ligeramente más atenta de lo usual y, al salir, se agitó frente a mí. Movió su cuerpo de manera sugerente, con entrega y mayor alegría a lo común en ella. Cuando hacía eso me quedaba fuera de balance. Esta vez no fue la excepción. No quise perderme el tenerla. Terminé en su casita de huéspedes, al fondo del jardín de su casa. Ahí lo hacíamos siempre. Según ella, para no perturbar a su abuela, quien solía estar en la habitación anexa a la suya. Pese a nuestra cercanía, todavía no había podido tener acceso a su recámara.

La mayoría de la semana pasó sin novedad pero con la angustia de no estar seguro de lo que había visto. En el poco tiempo de conocerla, cuando la veía, su desenvolvimiento perfecto arrancaba una parte de mí. Nunca me había dado una razón evidente para provocarme celos, hasta ese día con Rabi?oun ?Realmente la había sujetado de la cintura o lo imaginé? ?Cómo podría yo competir con un hombre así? Sin duda era culto, mientras yo sólo pretendía serlo ?Me enga?aba Diosa?

Al otro día, temprano, recibí una llamada de ella. Siempre me telefoneaba en la ma?ana. En la tarde solía dificultarse el hablarle, salvo cuando ella tomaba la iniciativa.

–?Hola Alguí! ?Quieres repetir en la casita mientras te acercas a mí babeando al verme avanzar?

–No lo sé… No lo creo.

–?Te provoco?

–Bueno…

–…?Ya viste que bonito nublado hay, junto con uno que otro rayo púrpura proveniente de la puesta?

–No, no me he asomado todavía ?Nos veremos hoy?

–No, tengo una reunión importante. Veré a los sudamericanos con las propuestas nuevas.

–Pero…

–?Me tengo que ir! –Con voz seductora –Beso. –Y colgó.

En el cuarto me pareció percibir el olor de su inmueble; pero desapareció al poco rato, cuando me entraron los celos otra vez.

 

A las 18 horas me dirigí a su casa. Las luces de la sala estaban prendidas. Me acerqué y a través de las cortinas translúcidas la vi con tres hombres. Dos sentados en un sofá y ella con el tercero en otro. Todos platicaban con interés, cuando ella se acercó provocadora al hombre junto a ella y terminaron dándose tremendo beso.

La lágrima brotó de mi ojo izquierdo. La mujer que me había cautivado tanto no dudó ni un segundo en lo que hacía. Fuera de mí toqué la puerta con estruendo. No recuerdo si la llamé. Noté que la luz de las ventanas se oscureció y nadie me abrió. Me puse a llorar desconsolado y desfallecí.

Desconozco cuanto tiempo estuve en blanco. Cuando me levanté ya era de día. Si los visitantes de Diosa se habían retirado y ella me había visto tumbado, frente a su puerta, no había pista de ello.

Me levanté. Por el Sol debían de ser como las 10 a. m. Se abrió la puerta de la casa y Diosa estaba ahí, con su bata violácea, en el marco.

–?Qué haces aquí? Entra.

–Avancé como sonámbulo hacia adentro. Cerró la puerta y en la sala me hizo descansar en el mismo lugar donde estuvo la persona que la besara. Me inquieté y ella lo notó.

–?Espera! –Extendió su brazo izquierdo hacia mí, con la palma levantada de manera parcial –Por algo me llaman Diosa –El tono de su voz me hizo no intentar de dar a notar mi fragilidad con palabras –Me preocupa tu inquietud y deseo ayudarte. Eres importante para mí Alguí; pero soy una persona con deberes, explicarlos no es para ahora, quiero que sepas que te quiero.

Al mencionar la última palabra sentí, como era costumbre cuando se hacía sentir en mí, un cosquilleo en mí espalda; pero esta vez acompa?ado de una debilidad en mi pecho, poco usual.

–Soy pasión y estima, cari?o y deseo… amor. Quiero todo lo bueno para ti. Te voy a hacer muy feliz. –Me vio con ojos de un profundo sentimiento y no pude más que creer. –No hay nada más importante para mí que tú Alguí. ?Sabes? Estás con alguien quien te da más que cualquier otra persona. No debo mencionarlo pero eres sumamente afortunado. Hombres me desean, pero sólo tú eres mi pareja –Se acercó y me dio un beso profundo, con entrega. Veinte minutos después estábamos en su casita de huéspedes.

Una hora después me despidió. Cerró la puerta y quedé desfajado sobre el mismo lugar donde había perdido el conocimiento. Miré al suelo. Donde estaban mis pies y me dije, <<?qué es todo esto!>> Mientras mi cuerpo temblaba ante mi rebeldía.

Tenía una lucha interna entre mantener mi independencia o seguir con ese amor que me intoxicaba. Era una lucha entre el destino o la fatalidad.

Cuando me di cuenta que estaba bajo la sombra de un arbusto y un árbol que dejaban pasar unos rayos solares diminutos, me había encorvado en mi lucha, hasta casi llegar a mi cintura. Mi cuerpo se agitó dos o tres veces y desesperado grité –??Qué hago!!

–Una voz me respondió –?Olvida todo! ?Sigue tu camino!

–Pero, ?cómo?

La voz, como si fuera copia un poco más grave que la anterior, dijo –?Cede!?Entrégate!

En mi confusión terminé por no saber contra qué luchaba. Cuatro minutos después caminé rumbo a casa. Parecía haber olvidado la angustia: Ya no sólo era parte de ella, cuando tenía una inquietud y preguntaba al aire, esa voz me aclaraba mis dudas. Al poco rato comprendí que era Diosa misma quien me acompa?aría cuando hiciese falta.

 

Al otro día en la tarde, me habló –Hola, ?cómo estás?

–Bien…

–?Mi compa?ía te hace bien? Te dije que eras importante para mí.

–Yo… Me… ?Cómo es que…?

Interrumpiéndome –…Sólo déjame en ti.

Apenas –Sí..íí…

–Ahora, tengo que hacer. Voy a estar ocupada en la tarde. Te sentiré en mí. No me extra?es –Seductora, fatua –Bye… –Y colgó.

Me quedé con el corazón colgando sobre un hilo. Sentado. Inerte. Con mi limpidez da?ada. Tres horas después seguía a la orilla de la cama. Aún sin saber que ella estaba con otro hombre, me solté a llorar y cubrí mi rostro con ambas manos.

Al otro día, muy temprano, tocaron a la puerta. Como no abría, ella terminó por utilizar las llaves para entrar. Estaba en el suelo tirado. Las ropas batidas y el rostro con la marca del camino salado y seco que las lágrimas dejaron sobre mí. Al verme ella se inclinó, parecía no creer que yo hubiera sufrido tanto. Se inclinó para acariciarme el rostro –No sufras –con una peque?a y profunda pena; pero supeditada a su predominancia de Diosa.

Sin dejar de mirar hacia arriba, con ningún movimiento en los ojos le dije –?Vete! –Fue de tono bajo y perdido. Se dio cuenta que había llegado demasiado lejos. Me había deshecho tan rápido que no tuvo tiempo de absorberme por completo. Caí en el camino. El terror se apoderó de Diosa. Como si hubiera visto algo oculto y aterrador de ella reflejado en mí. Por miedo a no ser partícipe de una muerte, se alejó veloz y cerró la puerta fuerte al irse, perdiéndose para no volver nunca más.

Los días que siguieron pasaron lentos. En mi luto enflaquecí y la tristeza estuvo poco menos de un mes. Se había equivocado. Estuve flaco y decaído, pero no iba a perecer. A la semana y media supe que lo sucedido me había impedido verter una lágrima más cuando la sentí partir. Era mi hasta aquí. Tres meses después ya estaba casi repuesto en lo físico. En lo anímico estaba maltrecho, pero con camino a seguir. La Diosa había resultado la muerte misma, una mujer fatal, la revelación del mal oculto en una mujer perdida. No había diosas, había enga?os sobre la concepción de lo que es la vida, y yo ya estaba listo para lo real.

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